jueves, 7 de marzo de 2013

VIENTO


Emprendemos el camino y no se mueve ni una hoja. Al poco, una ligera brisa sopla de frente. Eso nos alegra, nos hace sentir vivos y su caricia en el rostro resulta hasta agradable. Pero la brisa se vuelve viento cada vez más fuerte y desemboca en un vendaval. Avanzar se hace gradualmente más arduo, fatigoso. El polvo, hasta la arena, hojas y otros pequeños y lacerantes fragmentos de Naturaleza nos golpean y se nos meten en los ojos, la nariz y la boca. Hemos de ir casi a ciegas, los párpados entornados, casi cerrados. Perdemos el equilibrio con facilidad a cada cambio de dirección de las ráfagas, y hasta nos sentimos desorientados. Si el viento en contra cesara de golpe y no estuviéramos bien equilibrados, nos caeríamos de bruces, nuestro orgullo o dureza se nos habrían desatado. Así sucede tantas veces en la vida: tentaciones, contratiempos, desgracias e incluso calumnias y obstáculos que nuestros mismos hermanos nos ponen (seguramente pensando que están haciendo bien), convierten el camino de seguimiento de Cristo en un auténtico suplicio. Cuando la velocidad del viento es grande y el suelo resbaladizo o inseguro, ya no se puede ni caminar de pie, sólo de rodillas, más bien a gatas.


Y así también en la vida de Fe. En ocasiones sólo la oración nos da la fuerza heroica de dar un paso detrás de otro de intentar obrar el bien un minuto tras otro, sólo por una hora, sólo por un día. Como niños pequeños, a gatas, nos confiamos a la Divina Providencia que nunca nos abandona. Sólo así podremos seguir. Si nos peleamos con los elementos, si huimos con la negación de los obstáculos, tarde o temprano caeremos por un barranco o sucumbiremos de otro modo.

A veces, un caminante más fuerte puede cortarnos el viento y protegernos de él si nos arrebujamos sihguiendo sus pasos. Otras, habremos de ser nosotros los que hagamos de paraviento y soporte a otros más débiles.

Los vientos racheados laterales serían las tentaciones, las dudas, las incertidumbres…Todo ello nos intenta desviar del camino, nos hace avanzar inseguros, con necesidad de una referencia, un apoyo, un bastón. Nunca olvidemos la Iglesia, los Sacramentos, la dirección espiritual, consejos sabios y oraciones de nuestros hermanos. Todo ello nos ayudará a no trastabillar  a lo largo de la ruta.


¿Y los vientos a favor? Sí, esos: las comodidades, los halagos… Si son suaves, ayudan en momentos de cansancio. Pero si son demasiado fuertes hacen que nuestros pasos se desvíen fácilmente. Además nos hacen perder el equilibrio. En cuanto cesan bruscamente, nos caemos de espaldas y nos hundimos.


Pero…¿No es viento el Espíritu Santo?  Es brisa suave que da Vida verdadera. Así lo relata el Primer Libro de Reyes (19, 11-13):


 El Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor". Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto.

 Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave.

 Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta. Entonces le llegó una voz, que decía: "¿Qué haces aquí, Elías?".

Hemos de caminar con paso firme, no demasiado deprisa y, si podemos con algún apoyo para no perder el equilibrio. Pero sobre todo atentos al sonido de esa brisa que es la que ha de guiar nuestros pasos, el Espíritu Santo.


¡Ánimo, con Dios, el viento no podrá truncar nuestro camino!
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