jueves, 28 de marzo de 2013

Ni cogeré las flores...


Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

Se trata de un fragmento del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. En efecto, vamos por el mundo, apreciando toda la belleza que en él hay y gozando de los bienes que Dios tenga a bien concedernos.  Pero siempre teniendo en cuenta la fugacidad de esta vida pasajera y su subordinación a la definitiva, de la que sólo es figura. En resumen, dirigiéndolo y ordenándolo todo a Dios que es para Quien hemos sido creados y vivimos.

Y yo añadiría: y apagaré de vez en cuando el teléfono móvil y dispositivos análogos para mirarlas un poco, al menos … (Perdonadme el tono algo humorístico).

Y es que necesitamos momentos de estar a solas con nosotros mismos, para reflexionar, para asentarnos, para contemplar lo demás. Veo a niños y mayores con los ojos y los dedos absolutamente pegados al móvil con conexión a Internet en el autobús, por la calle, hasta en clase. Me da mucha pena, muy especialmente en el caso de los niños que aún están formando su sistema neuronal. ¡No puede ser bueno para la persona convertirse en un simple periférico de un aparatejo! Cosa muy diferente es utilizarlo con orden. Para eso es muy útil y una bendición. Las personas tenemos demasiado miedo a estar a solas con nosotros mismos y eso es un peligro.

También podemos ver algo parecido en:

1 Cor. 7:29-32, :el tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa ... Quisiera, pues, que estuvieseis sin congoja.

Veo que aquí se profundiza aún más y ya nos vemos abocados a la necesidad de oración, de vida con Dios y en Dios sin la que es imposible vivir esto.

No somos seres aparte del mundo, ni el mundo es malo, ni nos evadimos de Él. Pero gracias a Jesús, su Encarnación y su Redención, lo atravesamos trascendiéndolo para que todas las cosas sean redimidas por Cristo, ¡Incluso los teléfonos móviles! :

"dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra" (Ef. 1:9-10).

 

domingo, 24 de marzo de 2013

Guías traidores, trampas, salteadores y otras desgracias


En este día del Domingo de Ramos, no se hace difícil reflexionar acerca de la volubilidad de las personas y lo poquito de fiar que somos en el fondo: hoy aclamamos (metámonos todos y salga quien pueda) y mañana crucificamos. Y no nos tiembla ni una pestaña, nos quedamos tan anchos (o tan “joscos”, como decía mi abuelo). Sólo en Dios ha de reposar nuestra confianza, Él nunca falla.

Para ilustrar los peligros que el camino cristiano presenta de los que voy a hablar hoy, echo mano a la última carta que Santiago R. envió a su prometida Eulalia Z. (1)



 
Querida Eulalia:

Como sabes, emprendí este arriesgado viaje con el fin de proveer a nuestra comarca de algún medio de subsistencia. Era necesario comprobar si de veras existía aún ese filón de oro en una antigua mina abandonada entre las cumbres. No se me escapaba lo arriesgado de la empresa y las eventualidades que podrían surgir. Sin embargo nunca pensé que fueran tantos, tan sorprendentes y tan graves.

Tras asesorarme bien, me abastecí de provisiones y agua suficientes ya que en las zonas de los montes estos no se pueden obtener. También contraté a unos guías expertos y unos porteadores que me ayudaran en la expedición. Me habían aconsejado ir solo bajo ningún concepto, pues ello era empresa suicida.

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando a las pocas jornadas de camino, cuando habíamos abandonado parajes conocidos, los porteadores desaparecieron robándonoslo todo!

Decidimos seguir, ya que el regreso hubiera entrañado los mismos peligros. Algunos guías se adelantaron. ¿Sabes para qué? Para cambiar las señales del camino y hacer que nos extraviáramos. Tomamos, pues rutas equivocadas, con la aprobación vehemente de los guías que quedaban. Estos no hicieron sino llevarme por las zonas del sendero en que estaban escondidas trampas asesinas de antiguas civilizaciones. Caí en una de ellas y fue terrible. Miles de puntas se clavaron en mis pies, atravesando en algunas ocasiones hasta la pierna e hiriéndome de muerte. Todos se dieron a la fuga. Quedé malherido en el camino. Pasaron un par de personas como por milagro ¡Qué alegría la mía, al verme en compañía, al menos para no morir sólo! No obstante, pasaron de largo tras burlarse de mí y darme un par de patadas.

Estaba casi desesperado y muy a punto estuve de cometer el desatino de arrojarme por un precipicio que tenía a mi alcance. Pero, justo en el peor momento, pasó un lugareño pobre y sin aspecto atractivo. Ni me molesté en pedirle socorro. Sin embargo él me cargó a peso y luego no recuerdo más que me desmayé. Me desperté en un refugio en la cumbre de uno de los montes más altos. Me habían intervenido en un hospital y estaba convaleciente. Mi vida, al parecer, no corría peligro. Todos los alojados allí estaban en condiciones igualmente lastimosas, víctimas quizá de los mismos malhechores u otros similares. A lo lejos, en el valle se oían risas, música y caballerías a lo largo de un camino muy transitado. Por los contornos de nuestro hospedaje no pasaba apenas nadie. Sólo teníamos la esperanza de la promesa de regresar de nuestro caritativo amigo que, de vez en cuando, pasaba a vernos, a pagar nuestros gastos y darnos un poco de afecto. Esa esperanza se desvanecía en muchas ocasiones y sólo la manteníamos que el hacerlo era más llevadero que abandonarla.

No sé si nos volveremos a ver, pero quiero que recuerdes sólo a nuestro amigo fiel, que nunca nos abandonó. Se llama Jesús.

Te quiere entrañablemente y bendice,

Santiago
 
Sí, amigos, en el camino  cristiano nos encontramos guías traidores que nos desvían del verdadero camino, saqueadores, muchos bandoleros. A veces nos libramos de que sus ataques sean graves. Otras caemos con herida mortal. Nos abandonarán muchos, entonces. Jesús nunca. Y, si Él tiene a bien enviar a alguno de nuestros hermanos de Su parte, ése tampoco.

Feliz y Santa Semana de Pasión.

(1) La carta es una ficción. No cuesta ver que, con ella, he querido hacer una alegoría de la vida cristiana, utilizando el argumento de la Parábola del Buen Samaritano (Lc 10:25-28 – Mt 22:34-40; Mr 12:28-31)
 

jueves, 21 de marzo de 2013

La soledad, las heridas y el Papa Francisco


El comienzo de papado del Papa Francisco nos ha pillado un poco por sorpresa. Una sorpresa muy grata, sin embargo. No podía ser de otro modo pues creemos que el Espíritu Santo iluminó la elección y Dios cuida de su Iglesia:
“Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. (Mt 16, 18)

 Los primeros mensajes del Papa son claros: servicio, pobreza, humildad, ternura. Me conmovió especialmente su homilía para la Festividad de San José en la que nos invita a ser custodios como Nuestro Santo Patrón. Custodiar al hermano, a nosotros mismos, a la creación.

Mi actividad bloguera comenzó, hace ya años, como consecuencia de los artículos que comencé a escribir para las revistas parroquiales de la zona. Realmente se me representa Jorge Mario Bergoglio como el Párroco de una gran Parroquia universal. Y me parece estar escribiendo un post para esa Parroquia llamada Iglesia.

Dios llama a cada uno, según las capacidades con que le ha dotado, a desempeñar diferentes servicios en la Comunidad Parroquial, y en cualquier otra comunidad. Es importante responder con diligencia a esta llamada pues la tarea es mucha y los que la llevan a cabo se ven sobrecargados, muy especialmente los sacerdotes.
Muchos no estamos capacitados para ejercer funciones concretas. Nadie, sin embargo, está excluido de su misión de servicio. Es imprescindible la contribución en dos frentes: la oración y la Bondad en la convivencia.
Es sabido de todos cómo nada bueno hay que no nos venga de Dios cuyas gracias alcanzamos, por manos de María, a través de la oración.
En cuanto a la Bondad, cultivar esta virtud es una urgencia en nuestros días. Si bien son necesarias personas capaces en todos los ámbitos, el óleo que suaviza las heridas de la vida es la convivencia con personas buenas.
La Bondad es un fruto del Don del Espíritu Santo llamado Piedad.
Por tanto, hay que pedírsela a Él para que nos lo conceda. Es el Amor hecho vida para nuestros hermanos; percibir en los demás el latido del Corazón de Cristo; ser transmisores de la Bendición de Dios.
Vestir al desnudo es una obra de Misericordia. Todos debemos vestir al que está desarropado de ternura, afecto, sonrisas, de sentirse importante y querido. Se trata de una desnudez muy frecuente, casi universal.
¡Cómo nos devuelve la Esperanza una sonrisa amable, un interesarse por nosotros, aquél que nos estrecha la mano cuando sufrimos, el que se alegra de vernos y nos lo manifiesta! Una cortesía inesperada, saber que nuestro nombre está seguro en la boca del hermano, nos viste el corazón de fiesta.
Servir así a la Parroquia es como llevar la intendencia de los corazones: cuidar de que estén bien alimentados para que tengan suficientes energías y vitaminas para sus valiosos cargos y tareas. 
Muchas veces nos sentimos solos y heridos. Démonos cuenta de que eso le sucede también a los demás. A veces la frialdad y el desapego se han apoderado de nuestras comunidades, falta un poco de calor. Os aseguro que todo es empezar, acaba siendo contagioso.
Como dice la canción: “¡Qué suerte tener un corazón sin puertas! ¡Qué suerte tener las manos siempre abiertas!”

Os aconsejo esta entrevista que se publica en el blog de la Asociación de Blogueros con el Papa, presentando dos libros del entonces Cardenal Bergoglio:


martes, 12 de marzo de 2013

Miedo, miedos y pánico.



Mañana de romería: mi madre y yo fuimos a visitar la Capilla de la Virgen de Lourdes de Can Cerdà, en la sierra de Collserola (Barcelona). Solíamos hacerlo de vez en cuando por aquel entonces. Aparcamos el coche y caminamos un poquito sendero, abajo hacia una hondonada del bosque donde se ubicaba una fuentecilla. Allí nos dirigíamos, a recoger un poco de agua cuando, al iniciar el tramo final del estrecho caminillo, vimos una gran perra parada justo al final del mismo. Ya no era momento de retroceder, eso hubiera sido aún más peligroso. La perra estaba en época de cría, lo cual la hacía más celosa de su territorio.  Nos miró y, haciendo de tripas corazón, avanzamos con decisión, erguidas y sin mirarla apenas. Ella captó el mensaje y se fue, pasando respetuosamente a nuestro lado.
Respiramos aliviadas y, al llegar adonde había estado ella, vimos el motivo de su atención. Más bien lo oímos: encaramada a un árbol, una gatita joven comenzó a maullarnos lastimeramente porque no podía bajar de allí. En un instante lo comprendimos  todo. La pobre, asustada por la perra, había debido trepar, muerta de miedo, a lo más alto que pudo. Luego, como les suele pasar a los gatos a causa de la singular disposición de sus uñas, no pudo bajar por donde, en cambio, había podido subir. El lugar era de difícil acceso porque el árbol estaba inclinado sobre un fuerte desnivel del terreno. Intentamos de todo. Curiosamente, mientras estábamos edificando algún nuevo invento con troncos, las propias chaquetas o alguna otra cosa, el animalillo se asomaba con ademán ilusionado de bajar y mucha calma.  Si nos alejábamos a buscar material comenzaba a maullar de nuevo lastimeramente. No lográbamos acceder a ella y ya llevábamos un buen rato allí. Estábamos muy cansadas y sin más recursos, pero la confianza ilimitada de Luorditas (así la llamamos) en nosotras, nos daba fuerza. Se nos quedaba mirando, confiando en que, de algún modo, la ayudaríamos.  No fuimos capaces de marcharnos sin hacerlo. Después de mucho intentarlo, logramos un medio eficaz con una combinación de dos tronquitos. La gatita, que antes había intentado en vano descender por todos nuestros artilugios, esta vez comenzó a bajar. A medio camino, desde el borde del desnivel, la cogí y la dejé en el suelo. Me llamó poderosamente la atención lo confiado que estaba el animalito. Al verse a salvo, empezó a dar brincos y a rozarse agradecida en nuestras piernas y luego se marchó, supongo que a su casa. He visto muchísimos gatos en mi vida, pero eso era insólito para mí.

A los gatos, la huida despavorida  les suele poner, a menudo en esas situaciones. No pueden bajar de donde suben. El miedo, el pánico, es necesario para salvaguardar nuestra integridad, pero puede ponernos en aprietos. Siempre, a lo largo del camino, tendremos que arriesgarnos a confiar en la ayuda de los demás, en la ayuda de Dios. Nadie es autosuficiente. El miedo puede ser un gran aliado pero, en exceso, es un gran peligro en el camino. Especialmente i se trata de temores subjetivos, imaginarios. En algún momento hay que vencerlo y, para ello, siempre vamos a necesitar ayuda. Será indispensable tener el valor de sentirnos y sabernos necesitados y confiar en otro.

domingo, 10 de marzo de 2013

El "vuelo" del moscardón


¡Es casi matemático: ya llegó uno y no me deja ni a sol ni a sombra! Sí, es un moscardón. De esos que, cuando te pillan en el camino te están mareando hasta el final, hagas lo que hagas por evitarlo. Si caminas por un lugar poco transitado, si has ascendido bastante en la ruta y andas ya por esas zonas de hierba que en invierno están todas cubiertas de nieve, tenlo por seguro, tendrás su compañía. De vez en cuando pasas al lado de algunos excrementos de vaca o de caballo y las ves revoloteando, mientras disfrutan de su manjar. Después, esa o esas que llevas a tu alrededor se te posan en los ojos, la boca…y van paseando como quien disfruta de veras.

Siempre encontrarás un compañero de camino que se está quejando continuamente por todo. De la vida, escoge esa parte desagradable, oscura y molesta para ser su altavoz y repetidor. Las personas, para ellos, sólo tienen defectos o, a lo sumo, desgracias.  Y sus dolores y males son los peores del universo. Su sed, más sed que ninguna. Su hambre, su dolor de espalda, de pies…pasará a los anales de la medicina como el mayor jamás soportado. Cuando ya no haya nada más que enumerar, soltarán de vez en cuando un suspiro, o pondrán toda su mejor cara de “mira cuánto sufro” cada vez que les dirijas el ojo. Por supuesto, cualquier cosa que se te ocurra emprender, en su mente y en su boca, acabará siempre mal. Si saliera bien, es que “no costaba nada” o…algún defecto le encontrarán.  Son los que en una pared absolutamente blanca, inmaculada, fijan su vista invariablemente en ese puntito negro, casi imperceptible.

Puedes intentar razonar con ellos y, en contadas ocasiones, servirá de algo. A lo mejor es la primera vez que alguien les escucha con amor. Lo habitual, no obstante, es que eso empeore aún las cosas. Sólo te queda armarte de paciencia y estar muy cogidito de la mano con tu Señor, roca y fortaleza. No hagas ya demasiado caso al sonsonete que va a tu lado. Muéstrate amable, pero de un modo sencillo. Y, luego, viene la mayor tarea, la interior. No dejes que mine tu ánimo. Pide a Dios que te dé paciencia y ofrécele esa penitencia que Él ha tenido a bien permitir que caiga sobre ti. Piensa en todas las veces que tú actúas de modo similar y pídele perdón, intenta no repetirlo. Piensa que ése que camina a tu lado es un hijo amadísimo de Dios a pesar de las apariencias. En la oración y la humildad está tu fuerza.

No desesperes, Dios no te va a pedir más de lo que puedas soportar. Eso no va a durar eternamente.

No pierdas demasiado el tiempo intentando contentar a los que no quieren contentarse, eso te haría perder el equilibrio y el sentido de la medida.

Una gran ayuda para soportar situaciones difíciles es el sentido del humor. También el poner cada problema en su perspectiva adecuada, no hagamos un mundo de una cosita de nada. Y, sobre todo, fija tu atención en otro sitio, especialmente en Dios y en las bellas cosas que ha creado.

Si, a veces viene a ti el deseo de que el compañero molesto se quede ya afónico o pase por allí otro infeliz que cargue con él en tu lugar, no lo alimentes. Sin embargo tampoco te sientas especialmente culpable por ello, sólo déjalo pasar.

Ofrece todo como alivio de los sufrimientos que por ti pasó Jesús a lo largo de su Pasión y ten paz.

jueves, 7 de marzo de 2013

VIENTO


Emprendemos el camino y no se mueve ni una hoja. Al poco, una ligera brisa sopla de frente. Eso nos alegra, nos hace sentir vivos y su caricia en el rostro resulta hasta agradable. Pero la brisa se vuelve viento cada vez más fuerte y desemboca en un vendaval. Avanzar se hace gradualmente más arduo, fatigoso. El polvo, hasta la arena, hojas y otros pequeños y lacerantes fragmentos de Naturaleza nos golpean y se nos meten en los ojos, la nariz y la boca. Hemos de ir casi a ciegas, los párpados entornados, casi cerrados. Perdemos el equilibrio con facilidad a cada cambio de dirección de las ráfagas, y hasta nos sentimos desorientados. Si el viento en contra cesara de golpe y no estuviéramos bien equilibrados, nos caeríamos de bruces, nuestro orgullo o dureza se nos habrían desatado. Así sucede tantas veces en la vida: tentaciones, contratiempos, desgracias e incluso calumnias y obstáculos que nuestros mismos hermanos nos ponen (seguramente pensando que están haciendo bien), convierten el camino de seguimiento de Cristo en un auténtico suplicio. Cuando la velocidad del viento es grande y el suelo resbaladizo o inseguro, ya no se puede ni caminar de pie, sólo de rodillas, más bien a gatas.


Y así también en la vida de Fe. En ocasiones sólo la oración nos da la fuerza heroica de dar un paso detrás de otro de intentar obrar el bien un minuto tras otro, sólo por una hora, sólo por un día. Como niños pequeños, a gatas, nos confiamos a la Divina Providencia que nunca nos abandona. Sólo así podremos seguir. Si nos peleamos con los elementos, si huimos con la negación de los obstáculos, tarde o temprano caeremos por un barranco o sucumbiremos de otro modo.

A veces, un caminante más fuerte puede cortarnos el viento y protegernos de él si nos arrebujamos sihguiendo sus pasos. Otras, habremos de ser nosotros los que hagamos de paraviento y soporte a otros más débiles.

Los vientos racheados laterales serían las tentaciones, las dudas, las incertidumbres…Todo ello nos intenta desviar del camino, nos hace avanzar inseguros, con necesidad de una referencia, un apoyo, un bastón. Nunca olvidemos la Iglesia, los Sacramentos, la dirección espiritual, consejos sabios y oraciones de nuestros hermanos. Todo ello nos ayudará a no trastabillar  a lo largo de la ruta.


¿Y los vientos a favor? Sí, esos: las comodidades, los halagos… Si son suaves, ayudan en momentos de cansancio. Pero si son demasiado fuertes hacen que nuestros pasos se desvíen fácilmente. Además nos hacen perder el equilibrio. En cuanto cesan bruscamente, nos caemos de espaldas y nos hundimos.


Pero…¿No es viento el Espíritu Santo?  Es brisa suave que da Vida verdadera. Así lo relata el Primer Libro de Reyes (19, 11-13):


 El Señor le dijo: "Sal y quédate de pie en la montaña, delante del Señor". Y en ese momento el Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto.

 Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave.

 Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta. Entonces le llegó una voz, que decía: "¿Qué haces aquí, Elías?".

Hemos de caminar con paso firme, no demasiado deprisa y, si podemos con algún apoyo para no perder el equilibrio. Pero sobre todo atentos al sonido de esa brisa que es la que ha de guiar nuestros pasos, el Espíritu Santo.


¡Ánimo, con Dios, el viento no podrá truncar nuestro camino!

martes, 5 de marzo de 2013

Por mucho que maquines...



Cuando yo era pequeña, veíamos muy poca televisión y es que, además, había muy poca programación. Recuerdo que una de las series que a veces vimos, mi hermano y yo, son los dibujos animados del “Correcaminos”. Eran episodios muy cortos, sin diálogos, y su argumento era siempre el mismo. Consistía en que un animalito, que parecía ser alguna especie de ave zancuda o avestruz,  corría a velocidades tan grandes que nadie era capaz de alcanzarlo. Un coyote estaba empeñado en darle caza y, al no poder ser tan rápido como él, le preparaba un sinfín de trampas ingeniosas (todas a base de materiales de la marca “ACME”) de las que él mismo acababa siendo la víctima. El correcaminos, en cambio  acababa librándose de todas ellas.

Eso me ha hecho reflexionar que, si bien los peligros del camino del correcaminos hubieran sido las argucias que, contra él, iba tramando el coyote, la cosa no acababa así. Paradójicamente, los peligros eran para el coyote, que acababa cayendo siempre en sus propias trampas.

Ya lo dice el Proverbio:

Proverbio 29, 6-8 :

El malvado cae en su propia trampa;
pero el que es bueno
vive con gran alegría.
La gente buena se preocupa
por defender al indefenso;
pero a los malvados
eso ni les preocupa.
Los que aman la intriga
enredan a todos en pleitos,
pero los sabios siembran la paz.







Así ocurre también en la vida real. En ocasiones se llega a  conocer externamente.  Aquello mismo que alguien tramó para perjudicar a otro se le acaba volviendo en contra, y la víctima contra quien había urdido el plan, ni se entera. La mayoría de las veces no es visible y, en apariencia, recibe males el inocente y el culpable, quien los genera, muchos menos o ninguno. Pero en lo que importa, en el alma, cada maldad a la que damos cobijo, nos va destruyendo. La envidia, la murmuración, la falta de Caridad, la amargura… que cultivamos, nos van perjudicando, principalmente, a nosotros mismos.  Sin embargo todo redunda en bien de los que aman al Señor.

A menudo decimos que es que Dios nos da muchas y muy pesadas cruces. No nos damos cuenta de que esas cruces no son de Dios, sino de nuestra concupiscencia. Las origina la rebeldía contra su Voluntad, la falta de amor. Son peligros en el camino porque alejan de Dios. Sin embargo, la auténtica Cruz, la de Cristo, siempre la lleva Él  y va acompañada de paz, aun en las luchas;  de alegría, aun en el dolor. La Cruz, la verdadera, no es un peligro en el camino porque ES EL CAMINO.

lunes, 4 de marzo de 2013

Con todo el amor, me espera

 En el post titulado "Los peligros del camino", Don Joan Carreras explica de modo diáfano que el único auténtico peligro con el que podemos tropezar en nuestro camino, mientras peregrinamos a través de esta vida hacia la eterna, es el pecado.
Continúa en otro post "Lo peor del pecado", expresando, con gran acierto, que el verdadero mal del pecado es la ofensa a Dios, a un Dios inmensamente amoroso y que eso es lo que nos debiera doler.

Quisiera yo, aportar mi granito de arena a esta sucesión, relantando cuál ha de ser nuestra postura si es que hemos tenido la desgracia de apartarnos de Dios y ofenderle por el pecado grave. Él es Infinita Misericordia y nunca nos niega el perdón y la reconciliación si nosotros de veras así lo queremos. Espera todo el tiempo que haga falta. Lo que ocurre es que Él tiene todo el tiempo del mundo, pero nosotros no, ya que moriremos. No hemos, pues, de demorar el momento en que caminemos de vuelta a los brazos del Padre.


Como sabéis, me gusta decir las cosas con canciones. El reciente fallecimiento de Toni Ronald me da una buena ocasión de ello y, además, me permite agradecerle tantos buenos ratos pasados con su música, en mi infancia. Y, ¡qué mejor agradecimiento que lo que realmente le puede ser ahora de utilidad: orar por su eterno descanso!

En cierto modo es como si Dios nos cantase, lleno de un amor inmensamente tierno y fuerte, esta canción. La llave: puiede considerarse que es Jesús, María o el Sacramento de la Reconciliación, según se enfoque.
Deseo que sea hoy mismo el día en que, por fin camines de vuelta a la casa del Padre. Sí, ahí hay una iglesia. No me digas que es que está cerrada, bien están escritos los horarios en la puerta y puedes volver luego. Y el sacerdote te confesará si así se lo pides, en caso de que no esté en ese momento en el confesonario.

¡Ánimo, mira cómo suspira Dios por ti y por mí!:



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