martes, 12 de marzo de 2013

Miedo, miedos y pánico.



Mañana de romería: mi madre y yo fuimos a visitar la Capilla de la Virgen de Lourdes de Can Cerdà, en la sierra de Collserola (Barcelona). Solíamos hacerlo de vez en cuando por aquel entonces. Aparcamos el coche y caminamos un poquito sendero, abajo hacia una hondonada del bosque donde se ubicaba una fuentecilla. Allí nos dirigíamos, a recoger un poco de agua cuando, al iniciar el tramo final del estrecho caminillo, vimos una gran perra parada justo al final del mismo. Ya no era momento de retroceder, eso hubiera sido aún más peligroso. La perra estaba en época de cría, lo cual la hacía más celosa de su territorio.  Nos miró y, haciendo de tripas corazón, avanzamos con decisión, erguidas y sin mirarla apenas. Ella captó el mensaje y se fue, pasando respetuosamente a nuestro lado.
Respiramos aliviadas y, al llegar adonde había estado ella, vimos el motivo de su atención. Más bien lo oímos: encaramada a un árbol, una gatita joven comenzó a maullarnos lastimeramente porque no podía bajar de allí. En un instante lo comprendimos  todo. La pobre, asustada por la perra, había debido trepar, muerta de miedo, a lo más alto que pudo. Luego, como les suele pasar a los gatos a causa de la singular disposición de sus uñas, no pudo bajar por donde, en cambio, había podido subir. El lugar era de difícil acceso porque el árbol estaba inclinado sobre un fuerte desnivel del terreno. Intentamos de todo. Curiosamente, mientras estábamos edificando algún nuevo invento con troncos, las propias chaquetas o alguna otra cosa, el animalillo se asomaba con ademán ilusionado de bajar y mucha calma.  Si nos alejábamos a buscar material comenzaba a maullar de nuevo lastimeramente. No lográbamos acceder a ella y ya llevábamos un buen rato allí. Estábamos muy cansadas y sin más recursos, pero la confianza ilimitada de Luorditas (así la llamamos) en nosotras, nos daba fuerza. Se nos quedaba mirando, confiando en que, de algún modo, la ayudaríamos.  No fuimos capaces de marcharnos sin hacerlo. Después de mucho intentarlo, logramos un medio eficaz con una combinación de dos tronquitos. La gatita, que antes había intentado en vano descender por todos nuestros artilugios, esta vez comenzó a bajar. A medio camino, desde el borde del desnivel, la cogí y la dejé en el suelo. Me llamó poderosamente la atención lo confiado que estaba el animalito. Al verse a salvo, empezó a dar brincos y a rozarse agradecida en nuestras piernas y luego se marchó, supongo que a su casa. He visto muchísimos gatos en mi vida, pero eso era insólito para mí.

A los gatos, la huida despavorida  les suele poner, a menudo en esas situaciones. No pueden bajar de donde suben. El miedo, el pánico, es necesario para salvaguardar nuestra integridad, pero puede ponernos en aprietos. Siempre, a lo largo del camino, tendremos que arriesgarnos a confiar en la ayuda de los demás, en la ayuda de Dios. Nadie es autosuficiente. El miedo puede ser un gran aliado pero, en exceso, es un gran peligro en el camino. Especialmente i se trata de temores subjetivos, imaginarios. En algún momento hay que vencerlo y, para ello, siempre vamos a necesitar ayuda. Será indispensable tener el valor de sentirnos y sabernos necesitados y confiar en otro.
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