sábado, 5 de enero de 2013

ASTRID, NUESTRA RADIANTE AMIGA







1.CÓMO NOS CONOCIMOS

¡Hola! Me llamo Myriam, y voy a explicaros una aventura que me sucedió hace muchos, muchos años, cuando yo era una niña como vosotros.
Vivía entonces con mis padres y mis tres hermanos en un pequeño pueblo de agricultores y ganaderos, rodeado de hermosos campos.
Desde que era tan pequeña que ni lo recuerdo, me gustaba mucho salir a pasear y jugar por los alrededores; me sentía acompañada y arropada por toda aquella naturaleza tan alegre y colorida. Una de mis actividades favoritas era correr por el prado con la cabeza inclinada hacia atrás (para sentir mejor los rayos cálidos del sol); y los brazos muy abiertos, con los dedos muy estirados, para gozar de la caricia del aire tibio de la primavera. Así me sentía feliz casi del todo, a pesar de todo lo que había pasado en mi familia.
¿Qué era lo que nos había pasado? El año anterior una garrapata había picado a mi hermano Lucas, que se había puesto muy enfermo. Mis padres habían tenido miedo de que no se curara y habían llorado mucho por él. También lo habían tenido que llevar a médicos y hospitales muy caros. A pesar de que no teníamos mucho dinero, no les había importado porque nos querían mucho y hubieran hecho cualquier sacrificio por uno de nosotros. Ya estaba mucho mejor y se iba poner bien del todo, pero aún tenía que usar una silla de ruedas porque todavía no podía caminar solo. Yo, cada vez lo veía más triste, y es que ¡debe de ser muy duro haberlo pasado tan mal con sólo siete años!. Además, añoraba mucho a nuestro hermano mayor, Fernando, que había empezado a ir a la universidad en la ciudad.
Yo era mucho mayor, o por lo menos así me sentía entonces, porque tenía ya ocho años recién cumplidos. Mi hermanita pequeña, Clara, sólo tenía seis y necesitaba aprenderlo todo de mí; bueno, casi todo. Solían gustarnos las mismas cosas y por eso aquella tarde estábamos juntas, jugando en el prado. Y fue entonces cuando vimos caer un rayo al otro lado del bosquecillo.
-¡Qué raro: si luce un sol precioso! -dije -¡vamos, corre!
Cuando Clara me alcanzó, se paró jadeando a mi lado, tras los árboles. Miramos juntas hacia el suelo, a un lugar desde el que una fuerte luz nos deslumbraba. Luego nos miramos la una a la otra y luego volvimos a mirar hacia el mismo lugar. La luz ya no era tan cegadora y pudimos distinguir en ella una carita, con unos ojillos asustados que nos miraban parpadeando curiosos.
-¡Hola!-dijo aquella luz con cara.
-¡Hola!-respondimos nosotras a dúo.
-¿Quién eres? o ¿qué eres?- pregunté, porque pensé que, al ser la mayor tenía que tomar las riendas de la situación ante aquél ser desconocido. Pero pronto dejó de ser desconocido, ya que nos dijo que se llamaba Astrid y era una estrella bebé. Tras charlar un poco más, decidimos invitarla a venir a casa y, como no se decidía a seguirnos, quisimos cogerla en brazos. Pero...¡pesaba muchísimo! y no pudimos. Dijimos a Astrid que nos esperara un poquito y echamos a correr en busca de Lucas; quizás si la cargábamos en su silla de ruedas podríamos transportarla entre los tres.
Volvimos al poco rato, sudorosas, empujando el asiento de Lucas, que estaba intrigado e impaciente por conocer a “una estrella bebé”. Hacía tiempo que yo no veía ese brillo de vida en los ojos de mi hermano y me alegraba mucho que tuviera de nuevo entusiasmo por algo.
Lucas y Astrid se saludaron y se presentaron y, cuando intentamos llevar a cabo nuestro plan, notamos que la estrellita ya no pesaba tanto y, aunque con gusto se había decidido a caminar con pasitos cortos junto a nosotros, pude llevarla en brazos para ir más rápido. Ella parecía encantada con el enfermito, y él también con ella. ¿Sería eso lo que llaman “amor a primera vista”?.
Una vez en casa, nos sentamos en el cuarto de jugar y empezamos a saber más cosas de Astrid. Por ejemplo, que el motivo de que antes pesara tanto, era que, cuando las estrellas están tristes o asustadas, pesan mucho (¿están apesadumbradas?). Al confiar en nosotros, su peso disminuyó. Supimos también que las estrellas bebé, a diferencia de los bebés humanos y animales, tienen muchos, muchos años, aunque sean muy jóvenes para ser una estrella adulta. ¡Y saben tantas cosas del Universo y de todo, que parece mentira!. Conocen todos los idiomas que se hablan en la tierra, no sólo los de las personas, sino también los del viento, el mar, las flores, los animales y las piedras.
Astrid nos contó que todas las estrellas, cuando aún son bebés, tienen que buscar una misión para su vida. Esa mañana ella había salido por el cielo a buscar la suya. Pero, sin querer, se alejó demasiado de su casa. Aunque sus padres le habían recomendado que nunca fuera más allá del letrero que decía: “¡peligro, agujeros negros!”, ella, distraída, no se dio cuenta y siguió caminando.
-¿Qué son agujeros negros?-preguntó Clara.
-¿No sabéis qué son los agujeros negros?- dijo Astrid, con cara de extrañeza. Y sacó del bolsillo de su traje de estrella, un pequeño diccionario en el que estaban escritas las palabras más difíciles de su idioma, traducidas al lenguaje de los niños. Cuando lo estaba consultando, un ruido nos sobresaltó:
-Pero, ¿Qué es lo que están viendo mis ojos, niños? ¿Qué es esto?-mamá nos había sorprendido con Astrid. La estrellita, asustada, pesaba tanto que se iba hundiendo en el cojín, donde se había sentado. Los tres hermanos nos quedamos mudos, pensando en lo que íbamos a decir. Entonces nuestra mamá siguió hablando:
-¡Cuanto me alegro de veros otra vez jugando, charlando y riendo juntos, después de tanto tiempo tristes!. Ya veréis como al final todo va a salir bien. Lavaos las manos y bajad a cenar, ¡venga!- y se marchó sonriendo.
Nos miramos unos a otros muy sorprendidos: ¡ella no podía ver a Astrid!, Si no hubiera dicho algo.
-Los mayores no pueden verme, salvo que vuelvan a tener un corazón de niño...-dijo Astrid y así nos lo aclaró todo.
-¿Qué son agujeros negros?- Insistió Clara, que cuando preguntaba algo, no dejaba de repetir la pregunta hasta que alguien le respondiera.
-Son como...es...algo que hay en el cielo..., una mezcla entre un desagüe del lavabo y un imán. ¿Verdad que cuando quitas el tapón del desagüe del lavabo, todo el agua corre y cae por él?. Pues eso mismo pasa con todo lo que está alrededor de los agujeros negros. Pero además con tanta fuerza, o más, que un imán cuando atrae las cosas de hierro. ¡Se lo traga todo!- explico Astrid.
-Como tú, ja, ja ,ja-Lucas se rió mientras me señalaba.
-¡Qué miedo dan los agujeros negros! ¿No?-Dijimos Clara y yo.
-Pues sí, pero yo fui más lista- Astrid siguió su historia explicando cómo uno de esos agujeros estuvo a punto de tragársela. Pero ella, para salvarse, le hizo cosquillas debajo de la nariz. Entonces el agujero negro estornudó y Astrid salió disparada a gran velocidad, hasta que fue a caer en el lugar en el que la encontramos.
Una voz nos interrumpió desde la cocina:
-¡A cenaaaar!
-Es mamá, tenemos que bajar. Hasta luego- me despedí de la estrellita.


2-VIVIENDO CON ASTRID
Astrid pasó la noche en el cuarto de Lucas y estuvieron charlando y riendo casi todo el tiempo.
A la mañana siguiente Clara y yo nos fuimos al colegio. Lucas se quedó con la carita triste porque tenía que recibir sus clases en casa, a través de Internet. Luego, un enfermero le hacía hacer unos ejercicios para poder volver a andar; le cansaban mucho. Pero todo había cambiado, porque nuestra estrellita estuvo haciendo los problemas de matemáticas con él y luego imitaba sus ejercicios al lado del enfermero, haciendo reír mucho a nuestro hermano.
Por la tarde, volvimos corriendo, deseando llegar a casa cuanto antes. Allí nos encontramos a Lucas muy preocupado.
-Tengo que deciros una cosa: Astrid se ha perdido, no la encuentro por ningún sitio- nos dijo.
Recorrimos toda la casa y los alrededores, buscándola y llamándola hasta que, tristes regresamos al cuarto de Lucas. Una vocecita conocida nos alegró de golpe:
-¡Hola!, ¿dónde estabais?. Creo que me he quedado dormida; las estrellas solemos dormir de día y estar despiertas de noche, ¿sabéis?- ¡Era Astrid!
-Y tú, ¿dónde estabas?- le pregunté, un poco enfadada.
-Aquí. ¡Ah! Me olvidé de deciros que mientras estamos durmiendo no se nos puede ver. Perdonadme.
Era imposible no perdonar a Astrid cuando ponía esa carita tan dulce. Pero quedamos de acuerdo en que mientras estuviera en casa intentaría cambiar el sueño para dormir de noche, igual que nosotros. Y...¡pelillos a la mar! Seguimos jugando y riendo. Acabamos la tarde en el patio, pasándonos la pelota de uno a otro; Astrid se subía en ella y, bien agarrada con sus patitas, se divertía mucho volando de unas manos a otras. Hasta que se puso a llorar...
-¿Qué te pasa?- Le preguntamos.
-Tengo mucha hambre- respondió. Y le trajimos un poco de pan con chocolate, pero nos explicó que no comía de eso sino comida de estrellas bebé.
-Y ¿qué comen las estrellas bebé?-Clara no desaprovechaba la ocasión de hacer una pregunta.
-Comemos un buen plato de “la canción del Universo“, un poquito de luz y calor y, sobre todo, nos alimentamos de los deseos generosos de las personas.
Lo de “la canción del Universo” no lo entendimos muy bien, pero parecía que era que Astrid se quedaba muy quieta a escuchar la música que el Universo cantaba desde el principio de los tiempos, y se empapaba de ella, como una esponja. En cuanto a lo demás, le trajimos una lámpara, una estufa y también la fuimos poniendo al sol, a ratitos. Luego venía lo de los deseos generosos...Fuimos por todo el pueblo preguntando a todos qué era lo más generoso que habían deseado jamás, y anotando las respuestas en una libreta. Casi todos pedían esas cosas mientras miraban el cielo estrellado de noche. Así es que dimos de comer a nuestra radiante amiga: un “coche nuevo para el marido de la Sra. Català”, “salud para los hijos de casi todos los del pueblo”, “más descanso para el papá de Martita, que trabajaba mucho”, y muchos más deseos parecidos...
Fueron pasando los días y cada vez queríamos más a Astrid y ella a nosotros.
Lucas y ella pasaban tanto tiempo juntos que se volvieron inseparables. Él se compró un libro para aprender más cosas de las estrellas y conocer mejor a nuestra amiguita.


3-LA CANCIÓN DEL UNIVERSO
Un día, mientras jugábamos en el prado, empezó a llover. A pesar de eso, el sol seguía brillando en el cielo. Cuando pasa eso, siempre sale el arco iris, con sus siete bonitos colores: rojo, anaranjado, amarillo, azul, añil y violeta. El color añil es un color azul oscuro; eso lo sé porque papá me lo explicó una vez.
Al ver el arco iris, Astrid salió corriendo y se puso a mirarlo con los ojos muy abiertos. Luego empezó a reírse y a cantar con una voz muy dulce y misteriosa. Era un sonido muy bonito, como cuando pasas un dedo mojado por el borde de una copa de cristal, o como cuando el viento silba. Pero mucho más dulce y hermoso. Y le salieron muchos arco iris de las patitas. Después empezó a brillar primero más y luego menos, y luego otra vez más y otra vez menos, como si fuera un intermitente. Lucas nos explicó que eso se llamaba titilar y lo hacen todas las estrellas. Lo había leído en su libro nuevo.
Astrid nos dijo que así era como hablaba con su familia y con las otras estrellas y que el arco iris eran las gotas de lluvia hablando entre ellas y con el sol. Nos explicó que el universo habla siempre así, cantando.


4-UNAS VISITAS MUY AGRADABLES
Aquel fin de semana Fernando, nuestro hermano mayor, volvió de la Universidad a pasar las vacaciones de verano en casa. Y por si estábamos poco contentos, también vino la abuela.
¡Cuántos abrazos, besos, y más abrazos! ¡Qué alegría verlos de nuevo!
Pasamos unos días maravillosos. Nosotros, los tres hermanos pequeños, paseábamos tranquilamente con Astrid por todas partes pensando que nadie más la vería, pero la abuela nos llamó con mucho secreto al cuarto de juegos: nos dijo que ella sí podía verla. ¡Claro, la abuela debía de ser uno de los adultos que volvían a tener el corazón de niño!. Cuando le explicamos toda la historia, ella se comprometió a no decir nada a nadie.
Fernando ya no era un niño ni tampoco adulto del todo, por eso podía oír a nuestra amiga estrellita, pero no podía verla. Al saber lo que pasaba, dijo que nos ayudaría. ¡Es un hermano estupendo!


Lucas estaba cada vez mejor y salía al jardín a veces con él y papá a jugar un poco al fútbol. Ya no estaba tan triste, sino que iba recuperando el brillo de los ojos y el color de las mejillas.
Una noche, a Lucas se le ocurrió algo muy divertido: ir todos a cenar unos bocadillos al prado para poder jugar con las luciérnagas y ver las estrellas. Astrid era muy feliz aleteando entre todos esos puntitos de luz y charlando con ellos. Nos hizo prometer que nunca más cazaríamos ninguna para meterla en un bote.
Nos pusimos a jugar a la pelota y, como Astrid volaba, agarrada a ella, de mano en mano, todos veíamos muy bien a pesar de ser de noche. Todos menos papá, mamá y Fernando, claro. Nuestros padres no entendían cómo podíamos coger tan bien la pelota sólo con la luz de la luna. Al ver que nos reíamos tanto, pensaron que eran cosas de niños. La abuelita, traviesa, nos guiñaba el ojo derecho, porque ella sí podía verla.
Aquella noche, Astrid nos presentó a su familia que nos saludó titilando desde el cielo.

5-HORA DE DESPEDIRSE

Al cabo de unas semanas, tuvimos que despedirnos de Fernando y la abuela. Por si fuera poco, Astrid nos dijo que ya había encontrado su misión y que debía regresar a su casa del cielo. Nos pusimos muy tristes, pero, como la queríamos mucho, quisimos ayudarla a cumplir sus deseos.
-¿Cómo volverás al cielo?-le pregunté en seguida, porque yo era la mayor de los tres hermanitos y pensé que debía resolver los problemas.
-Como todas las estrellas bebé que caen a la tierra mientras buscan su misión- respondió-. Cada noche de San Lorenzo, el 10 de agosto, vienen unas cuantas estrellas mayores a buscarnos. Es lo que vosotros llamáis la “lluvia de estrellas” o “lágrimas de San Lorenzo“. Las esperaré y me iré con ellas.
Le escribimos muchas frases bonitas en una postal de despedida para que nos recordara cuando estuviera en su casa y le hicimos algunos regalos. Clara su pasador favorito. Lucas, sonriendo, le regaló su bastón; ya no lo necesitaba, porque caminaba perfectamente; y yo una caja de lápices de colores para que les hiciera dibujos nuestros a su familia y a sus amigos y los pusieran en la puerta del frigorífico (yo entonces no sabía que las estrellas no tienen frigorífico en casa).
Astrid estaba muy callada pensando en su viaje. Tampoco le gustaba dejarnos, ahora que ya tenía una misión y era casi una estrella adulta. Y es que las estrellas bebés se hacen mayores cuando ya tienen su misión.
Llegó la noche de la “lluvia de estrellas” y salimos a despedir a nuestra radiante amiga Astrid, que estaba muy crecida, y muy guapa y brillante.
Pero allí nos dio una estupenda noticia: dijo que había cambiado de opinión y no se marcharía. Para cumplir su misión, se quedaría siempre con nosotros. Nos pusimos muy contentos.
De pronto, sucedió algo que no esperábamos: Astrid brilló mucho y voló muy deprisa y fue hacia Lucas. Lucas sonrió mucho, mucho, con una sonrisa muy bonita. La misión de Astrid era convertirse en la sonrisa de Lucas para que ninguno de nosotros volviera a sentirse nunca triste.

Como no nos gustaba esconderles cosas a papá y mamá, Lucas, Clara y yo, se lo explicamos todo. Ellos se echaron a reír, se miraron entre ellos y dijeron: ¡qué bonito es ser niño y tener fantasía!
Pero la abuela sí que nos entendió.

Desde entonces Astrid vive en la sonrisa de Lucas y desde allí juega con nosotros. Siempre recordaremos el precioso día en que la conocimos.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Pilar V.Padial


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