domingo, 3 de febrero de 2013

¡Silencio: se vive!


Jesús nos dice:

“Mirad, que yo os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, astutos como serpientes y sencillos como palomas”. (Mt. 10, 16)

 

El camino no es fácil y necesitamos quien nos guíe y proteja. El Papa, dulce Cristo (el Buen Pastor) en la tierra, nos ha exhortado en repetidas ocasiones a “dejarnos contagiar por el silencio de San José”, a seguirle en nuestro vivir cotidiano.  Constata la gran necesidad de cultivar el recogimiento interior para acoger y custodiar a Jesús en nuestra vida, y favorecer la escucha de su voz. Eso es especialmente necesario en el contexto en que vivimos, un mundo con frecuencia demasiado ruidoso y con tal multiplicidad de mensajes, que empuja a la dispersión.

El verdadero silencio no se debe a un vacío interior, sino que está lleno de la contemplación del misterio de Dios y la disponibilidad total a la voluntad divina y al servicio del prójimo. Acoge la Palabra de Dios y está entretejido de oración constante; oración de bendición, de adoración  y de confianza sin reservas en su Providencia. Así pues, es un silencio activo que selecciona los contenidos: deja fuera todo lo que no viene de Dios, y se llena de todo lo que proviene de la Gracia.

Para imitarlo  he de estar atento y esforzarme en dos aspectos:

 

1º-A qué presto oídos (qué dejo entrar en mi mundo interior). Es humanamente imposible atender a todos los mensajes que se me proponen, necesito elegir. Pero, además, no todo conviene ni es bueno. No son buenos cualquier programa de televisión, conversación, lectura...Algunos corrompen mi alma o la ponen en peligro; debo evitarlas de igual modo en que evito los charcos y barrizales, para no manchar toda mi casa al entrar con los pies enlodados. Y, si me he ensuciado, me lavo en la confesión y vuelvo a comenzar con más ahínco.  Evitaré la información que no me edifica sino que me destruye, acerca de cosas que me hagan perder el tiempo o la virtud, chismes, calumnias, etc.

En asuntos que debo conocer para ejercer mi profesión o formarme, he de buscar una fuente fidedigna, una persona sabia que me aconseje, un buen libro o publicación.

Muy en particular, para conocer lo que la Iglesia afirma en cuanto a la Fe u otras cuestiones, debo buscarlo en las fuentes mismas y no en la primera noticia, probablemente deformada, que vea por la televisión o en Internet.

 “No tengo tiempo”, “no tengo capacidad”, es lo primero que me viene a la mente; pero si soy sincero compruebo que para comprar un piso o un coche, o buscar remedio a una enfermedad, pongo mucho más esfuerzo, ¡cuánto más debería luchar por la salud de mi alma y la de los que me rodean! Dios no me pide más allá de mi capacidad; le rogaré, pues, que me ayude y pondré todo de mi parte.

 

ÉL camina siempre a mi lado, lo sabe todo y está deseando ayudarme en las decisiones de mi vida, avisarme de los peligros (como hizo con San José –Mt 2, 14-), conducirme hacia mi felicidad, ¿No constituirá una “santa astucia” aprender a escuchar su voz, e invitarle constantemente a que entre en mi corazón y pedirle consejo en todo?

La recitación de jaculatorias a lo largo del día resulta de una gran ayuda para lograrlo.

 

-Qué expreso (de palabra u obra). Que tenga siempre presente que aquél de quien voy a hablar, o a quien voy a hablar, es mi hermano. Y me pregunte antes: ¿Es verdad lo que voy a decir? ¿Estoy seguro de ello? ¿Conviene que lo diga a esta persona y ahora? ¿Cómo voy a decirlo (que sea siempre con humildad y amor)?

San José Glorioso, sé tú mi Maestro en el ejercicio del verdadero silencio (ése que hace posible escuchar a Dios, a los demás y a mi propio corazón) y escribe mi nombre en tu Corazón y en los de Jesús y María.

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