¿De qué se alimenta Jesús?:
Jesús les dijo: Mi comida es hacer la voluntad del que me
envió y llevar a cabo su obra.
(Jn 4, 34)
También ha de ser la nuestra.
A nosotros, ¿qué nos da a comer?:
En aquel tiempo, Jesús
dijo a los judíos: «Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera
bebida». Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron: «Este modo de
hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?» (...)
Desde
entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar
con Él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También ustedes quieren dejarme?»
Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios». (Juan 6, 55. 60-69)
Algunos no pudieron alimentarse de la verdadera comida porque se alejaron de Él.
“(…) ESCOGE LA VIDA (…) AMANDO AL SEÑOR, TU DIOS,
ESCUCHANDO SU VOZ, PEGÁNDOTE A ÉL (…)” (Deut
30, 19-20)
La Pascua es el corazón del año litúrgico, la Fiesta de
las Fiestas. En ella celebramos el paso de Jesús, nuevo Cordero Pascual
inmolado por nosotros, a su Padre, a través de su muerte y Resurrección. Él ha
derrotado la muerte para siempre; compadecido de nosotros, ha llevado a la
plenitud aquello que se prefiguraba en la Pascua judía: Dios pasa adelante
perdonando.
Consumando este Misterio, Cristo abrió para nosotros
las fuentes de la salvación. La sangre y el agua que brotaron de su costado
traspasado en la Cruz son figuras y manantial del Bautismo y la Eucaristía,
Sacramentos de vida nueva. Desde entonces es posible “nacer del agua y del
Espíritu” para entrar en el Reino de Dios (Cf Jn 3,5). La entrada en dicho
Reino será la Pascua final de la Iglesia. Cuantas veces se renueva en el Altar
el Sacrificio Eucarístico, Sacrificio de la Cruz, se realiza la obra de nuestra
Redención.
El Sacramento del Bautismo, puerta que abre el acceso a
los demás Sacramentos, es el fundamento de toda la vida cristiana. (Merecería
la pena celebrar el aniversario de esa fecha con igual gozo, o incluso mayor, que
aquél con el que festejamos otros eventos). Constituye la comunión con la
muerte de Cristo, en la que se “sepulta” místicamente al catecúmeno, para salir
con Él, por la Resurrección, como “nueva criatura”. Éste es el sacerdocio común
conferido a todos los bautizados. Si con Él morimos (al hombre viejo),
viviremos con Él resucitados. Si “gastamos” nuestra vida por Amor unidos a Él,
de la Cruz brotará la alegría de la Resurrección.
“Son las malas compañías” –decimos comprensivos, en
ocasiones, ante el mal obrar de alguno-… ¡Qué hermoso sería que, en cambio,
pudieran decir de nosotros, viendo nuestra vida, obras, cómo nos amamos: “son
las buenas compañías”!... Podrán hacerlo de veras, si no abandonamos en ningún
momento el trato amoroso y familiar con Dios, María y todos los que están en su
Corazón.

Podemos dejarnos encontrar por Dios en los ratos
reservados sólo a la oración; también viendo en cada hermano a Jesús, pues lo
es (es un miembro de su Cuerpo); elevando frecuentemente nuestro corazón a Él
en nuestro quehacer cotidiano, explicándole y ofreciéndole nuestras cosas,
grandes o pequeñas… Cumpliendo nuestros deberes, en las tareas necesarias y
útiles no nos apartamos de Él; muy al contrario, nos abraza lleno de agrado,
cuando trabajamos bien y con Amor. Alcanzar ésta, nuestra meta, es un don de
Dios que debemos pedirle con humildad e insistencia. Viviendo así,
“arrimaditos“ a Jesús, se nos “contagiarán” sus sentimientos, sus costumbres,
sus gestos… iremos a donde Él vaya y haremos lo que Él haga. Entonces nos
convertiremos en un reflejo de la Casa del Padre y despertaremos en otros la
nostalgia de volver a ese Hogar.
El próximo domingo celebraremos la
Fiesta de la Misericordia Divina. Dios
se ha compadecido de nosotros. Compasivos también nosotros, oremos por la paz y
el fin de toda clase de guerras. Pidamos por los que sufren y por los que hacen
sufrir. No desfallezcamos; la oración, aunque en ocasiones pudiera parecerlo,
nunca fracasa; nada más útil, eficaz y necesario que la oración.
¡Alimentémonos de la compañía del Señor!
¡Buena Pascua!