miércoles, 3 de abril de 2013

Dime con quién andas...

¿De qué se alimenta Jesús?:

Jesús les dijo: Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra.
(Jn 4, 34)
 También ha de ser la nuestra.


A nosotros, ¿qué nos da a comer?:

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida». Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron: «Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?» (...)

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con Él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También ustedes quieren dejarme?» Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios».
(Juan 6, 55. 60-69)

Algunos no pudieron alimentarse de la verdadera comida porque se alejaron de Él.
 

“(…) ESCOGE LA VIDA (…) AMANDO AL SEÑOR, TU DIOS, ESCUCHANDO SU VOZ, PEGÁNDOTE A ÉL (…)” (Deut  30, 19-20)

La Pascua es el corazón del año litúrgico, la Fiesta de las Fiestas. En ella celebramos el paso de Jesús, nuevo Cordero Pascual inmolado por nosotros, a su Padre, a través de su muerte y Resurrección. Él ha derrotado la muerte para siempre; compadecido de nosotros, ha llevado a la plenitud aquello que se prefiguraba en la Pascua judía: Dios pasa adelante perdonando.

Consumando este Misterio, Cristo abrió para nosotros las fuentes de la salvación. La sangre y el agua que brotaron de su costado traspasado en la Cruz son figuras y manantial del Bautismo y la Eucaristía, Sacramentos de vida nueva. Desde entonces es posible “nacer del agua y del Espíritu” para entrar en el Reino de Dios (Cf Jn 3,5). La entrada en dicho Reino será la Pascua final de la Iglesia. Cuantas veces se renueva en el Altar el Sacrificio Eucarístico, Sacrificio de la Cruz, se realiza la obra de nuestra Redención.

El Sacramento del Bautismo, puerta que abre el acceso a los demás Sacramentos, es el fundamento de toda la vida cristiana. (Merecería la pena celebrar el aniversario de esa fecha con igual gozo, o incluso mayor, que aquél con el que festejamos otros eventos). Constituye la comunión con la muerte de Cristo, en la que se “sepulta” místicamente al catecúmeno, para salir con Él, por la Resurrección, como “nueva criatura”. Éste es el sacerdocio común conferido a todos los bautizados. Si con Él morimos (al hombre viejo), viviremos con Él resucitados. Si “gastamos” nuestra vida por Amor unidos a Él, de la Cruz brotará la alegría de la Resurrección.

“Son las malas compañías” –decimos comprensivos, en ocasiones, ante el mal obrar de alguno-… ¡Qué hermoso sería que, en cambio, pudieran decir de nosotros, viendo nuestra vida, obras, cómo nos amamos: “son las buenas compañías”!... Podrán hacerlo de veras, si no abandonamos en ningún momento el trato amoroso y familiar con Dios, María y todos los que están en su Corazón.

Podemos dejarnos encontrar por Dios en los ratos reservados sólo a la oración; también viendo en cada hermano a Jesús, pues lo es (es un miembro de su Cuerpo); elevando frecuentemente nuestro corazón a Él en nuestro quehacer cotidiano, explicándole y ofreciéndole nuestras cosas, grandes o pequeñas… Cumpliendo nuestros deberes, en las tareas necesarias y útiles no nos apartamos de Él; muy al contrario, nos abraza lleno de agrado, cuando trabajamos bien y con Amor. Alcanzar ésta, nuestra meta, es un don de Dios que debemos pedirle con humildad e insistencia. Viviendo así, “arrimaditos“ a Jesús, se nos “contagiarán” sus sentimientos, sus costumbres, sus gestos… iremos a donde Él vaya y haremos lo que Él haga. Entonces nos convertiremos en un reflejo de la Casa del Padre y despertaremos en otros la nostalgia de volver a ese Hogar.

El próximo domingo celebraremos la Fiesta de la Misericordia Divina.  Dios se ha compadecido de nosotros. Compasivos también nosotros, oremos por la paz y el fin de toda clase de guerras. Pidamos por los que sufren y por los que hacen sufrir. No desfallezcamos; la oración, aunque en ocasiones pudiera parecerlo, nunca fracasa; nada más útil, eficaz y necesario que la oración.
¡Alimentémonos de la compañía del Señor!

¡Buena Pascua!
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